Eso es la paradoja de la eficiencia.
Un libro de Coetzee que leí, cuyo título no recuerdo, hablaba que puedes conquistar un pueblo o civilización de dos formas, por la fuerza o, más sutil, desde dentro, colonizando e inoculándose en ella.
El lenguaje es el arma. Te estoy mirando a los ojos, calibrando la mirilla.
Estoy siendo tu diana.
“Ocurre porque el sistema premia lo que optimiza.” El problema de la optimización y de la reducción de fricción es la velocidad. Intuyo que la velocidad es inversamente proporcional a la diversidad. Intuyo que esta depende de la fricción. La optimización crea homogeneidad y eso es vulnerable. Intuyo que la humanidad, o una fracción de ella, se adaptará y potenciará cognitivamente, como siempre ha ocurrido y estos son los que controlarán el interruptor. Además, siempre podemos dar las gracias a la muerte. Dar gracias a los impuestos El impuesto es termodinámica La riqueza solo tiene valor si tiene flujo de redistribución; si no es ciénaga. Si yo tengo un diamante que vale mucho y no lo uso y nadie accede a él, el valor es simbólico, como siempre lo es. Por eso el valor está en el flujo de circulación y de redistribución (garantizar el fallo y la diversidad como posibilidad). Obviamente, debe estar bien diseñado, eso solo ocurre si existe un mesías santo o si existen instituciones que se vigilan unas a otras.
Solo confío en el aburrimiento.
El aburrimiento crea la genialidad o la sustitución por ineficiencia.
Quizá en la sociedad del entretenimiento, al no dejar espacio para el aburrimiento, la humanidad está siendo sustituida.
El aburrimiento, como exploración del vacío; uno al caer puede pensar que vuela, debe ser parecido; eso es bueno, nos impulsa a crear unas alas. El entretenido no cae, flota en un mar movido por corrientes; se ahoga.
Uno cae por la gravedad, por la fuerza con que nos atrae la muerte, que es inmensa e inevitable; inexorable. Como decía, o vuelas o te ahogas, en realidad, un poco las dos cosas.
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